Ejercicios Espirituales Ignacianos II

En esta publicación comento brevemente mi experiencia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, concluyendo así la descripción que inicié en una publicación anterior, Ejercicios Espirituales Ignacianos I.

El proceso completo de los Ejercicios Espirituales (EE a partir de ahora) ha producido en mi vida cuatro cambios globales con respecto a mi visión anterior de ciertos aspectos esenciales de la comprensión del universo cristiano y, en general, de la vida espiritual. Debido a su importancia radical, voy a llamarlos cambios de paradigma.

Los cuatro cambios que voy a mencionar constituyen experiencias de profunda liberación.

Primer cambio de paradigma: El abandono del modelo antropomórfico de Dios.

A medida que la imagen de Dios se aleja del antropomorfismo y vamos acercándonos más a un Dios sin atributos, nos alejamos más del Jesús terreno y nos aproximamos más al Cristo Cósmico.

Es tiempo de ir soltando al Jesús de la Historia e ir aferrándonos al Cristo Cósmico. Hemos estado demasiado apegados al Jesús de la Historia. Pero ambas dimensiones, humana y cósmica, cada una en su contexto, son fundamentales.

Surge, pues, la necesidad de superación de la dimensión histórica, terrena, de Jesús, y de evolucionar hacia la infinitud del Cristo Cósmico.

Se produce un inmenso consuelo al pensar en encontrar a Jesús en su dimensión cósmica, vacía de atributos humanos, de factores históricos etc.

Ese proceso de soltar al Jesús terreno y abrazar al Cristo Cósmico es un salto a lo desconocido, porque el Jesús terreno es una referencia de nuestra vida muy arraigada, muy conocida, muy familiar.

El Bautismo de Jesús es punto de encuentro entre el Jesús terreno y el Cristo Cósmico, y es punto de definición de su misión.

Se produce un viaje al Cristo Cósmico, un viaje desde el Dios terreno al Dios transcendente, y desde ahí un retorno a la tierra para descubrir nuestra propia misión.

Ante ese Océano de Luz, ante el Cristo Cósmico, nuestra entrega se hace total, absoluta, radical, sin reservas, sin condiciones.

El Cristo Cósmico nos sobrepasa; es una inmensidad, un océano infinito, del cual apenas vislumbramos una mínima parte. Pero eso encierra una promesa maravillosa y prodigiosa: La apertura a lo desconocido, a algo inmenso, que apenas podemos llegar a imaginar, pero que sabemos bueno.

Éste es, en definitiva, un tiempo en el que necesitamos conectar con el Cristo Cósmico.

La confianza radical exige quitar a Dios todos los atributos.

Metáforas: A veces las metáforas (Padre, Hijo, etc) ocultan más que revelan. Las metáforas no son más que envoltorios. Tratamos de envolver lo infinito con un pequeño envoltorio finito, y eso no es posible.

Quitamos las metáforas y nos enfrentamos a esa inmensidad desconocida, pero con la certeza, con la confianza absoluta, de que es algo bueno. Las metáforas aclaran, pero también obscurecen.

Hablar de Dios como padre, quizás fue una revolución en la época histórica y en el contexto en los que vivió Jesús, pero ahora es un nombre demasiado utilizado y gastado, y demasiado humano; lo mismo sucede con la idea de Dios Hijo.

Con respecto a Dios hay demasiado lenguaje, demasiadas imágenes, palabras, conceptos.

Nos hacemos plenamente conscientes de la limitación de las metáforas.

Decir que Dios es Padre es una metáfora. Es como decir que el Espíritu es un viento que sopla no se sabe de dónde ni hacia dónde va. Permite entender algo, pero tiene un significado muy limitado.

Las imágenes de Dios cubren una necesidad humana, pero Dios desnudo, sin atributos, nos acerca más a la realidad.

Es, por lo tanto, tiempo de soltar las metáforas y las imágenes de Dios.

En el tiempo de oración dejamos el pensamiento discursivo, racional, y tratamos de ahondar más, de sentir a través del silencio, a través de una oración sin imágenes.

Vemos, pues, la necesidad de dar un paso más, de bajar un escalón, hacia la luz, hacia el misterio, hacia lo desconocido.

A lo largo de todo el proceso de los EE se ha producido un progreso, una transformación de mi idea de Dios. He pasado del Jesús histórico al Cristo de la fe y, después, del Jesús resucitado (que es el Cristo de la fe) a Dios, simplemente, sin atributos ni metáforas.

La Ascensión es otra gran metáfora: La metáfora del desprendimiento de las imágenes, de los conceptos, de los calificativos, de las cualidades, de los atributos de Dios. Es una metáfora de la necesidad de soltar, para liberar, para sanar, para crecer, para avanzar.

La Ascensión tiene un elemento clave: La retirada de la presencia de Jesús, aún siendo ya Jesús el Cristo de la fe, el Jesús resucitado, siendo ya Dios. Es la retirada de la metáfora, del atributo, del calificativo. Es dejar sólo a Dios, un Dios despojado de atributos.

Es decir, no podemos ni debemos vivir enganchados a una figura. No podemos ni debemos vivir a la sombra de otro. Hemos de despegar, vivir nuestra propia vida, en conexión total con Dios, con ese Dios infinito, absoluto, sin atributos, y ayudado por esos seres divinos que ya son uno con Dios.

La metáfora de la Ascensión por una parte me confirma lo que intuí muy al inicio de los EE: La idea de saltar de Jesús a Cristo. Por otra parte, me aporta una idea nueva: Saltar de Cristo a Dios. La Ascensión es una metáfora que hace referencia a soltar, a desaferrarse, a desprenderse.

La gran metáfora de todo el tiempo completo de EE es que al final sólo nos queda Dios: Jesús se va, pero Dios permanece con nosotros. Al comienzo de los EE esto podría haber sido difícil de asumir, pues significa una pérdida importante de puntos de referencia, pero al finalizar los EE se percibe como algo muy positivo.

Nos quedamos sólo con Dios, en la sola presencia de Dios: Todo lo demás desaparece.

Después de la Ascensión queda la intensa presencia de Dios.

Es una fase nueva en la que se comienza a madurar. Se sale de la infancia espiritual y se produce el crecimiento y la maduración, porque han desaparecido los puntos de referencia.

Es decir, parece que estamos solos, pero realmente es cuando lo tenemos todo, porque tenemos a Dios, y ya no hay límites impuestos por las metáforas, las imágenes, el lenguaje, las ideas, etc. Ahora disponemos de la presencia total de Dios.

La Ascensión conlleva una gran paradoja, porque significa por un lado la soledad (aparente), pero también significa el máximo acompañamiento, porque estamos con Dios, porque somos uno con Dios.

En esta etapa se produce en mi vida una profunda convergencia con Kriya Yoga y la meditación (cf. Autobiografía de un Yogui: 70 Aniversario). Ahora ambos procesos, Kriya Yoga y los EE, se hacen uno en mi vida.

Segundo cambio de paradigma: El cambio de significado de lo que es la sombra.

La sombra, el pecado (en lenguaje cristiano), no es pensar en sexo, por poner un ejemplo gráfico, sino el dolor que causamos a los demás, o el bien que dejamos de hacerles.
Con respecto a discernir qué es y qué no es pecado, la medida será siempre el amor.

Dios es un ser infinitamente complejo. Apenas podemos abarcar nada de él. Desde el punto de vista de la inteligencia, es totalmente inabarcable. Quizás el único puerto de entrada a él sea el amor.

Y ese amor se refleja en el amor al prójimo, como nos dice Juan en 1 Jn 4:8 “Quien no ama no ha conocido a Dios, ya que Dios es amor” y  en 1 Jn 4:20 “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve“.

Porque amamos a Dios, amamos a nuestros semejantes. El amor a Dios es la causa del amor al otro.

Dios deja de ser ese desconocido a quien podemos amar a través del amor al otro. Ahora es justamente el amor a Dios lo que nos abre al amor a nuestros semejantes.

Tercer cambio de paradigma: Convergencia entre nuestros más profundos deseos y los deseos de Dios.

Nuestros más hondos y profundos deseos van en la misma dirección de lo que Dios desea para nuestra vida.

Nos damos cuenta de que aquello que percibimos dentro de nosotros y etiquetamos como incómodo o malo no viene de Dios. Ésa no es la voluntad de Dios para nuestra vida.

Es decir, la voluntad de Dios se identifica con los buenos sentimientos, las tendencias buenas que portamos dentro de nosotros.

A veces entendemos que elegir y desear hacer sólo lo que nos lleva a Dios es un camino de autonegación, de oscuridad, de sufrimientos, de penalidades; pero súbitamente nos damos cuenta de que es todo lo contrario: Elegir y desear sólo lo que nos lleva a Dios, elegir y desear solamente hacer su voluntad, es un camino de autoaceptación, de excelencia, de autovaloración. Es, en definitiva, un camino lleno de luz.

La indiferencia ignaciana consiste precisamente en que elegimos para nosotros lo mejor de lo mejor, que es Dios. ¿Y qué es Dios? Dios es lo positivo, lo luminoso, lo maravilloso, lo excepcional. Esas cosas son las que elegimos darnos a nosotros mismos.

Esto genera una inmensa sensación de liberación. Es como un nacimiento nuevo, provocado por el discernimiento, la comprensión, la claridad mental que tenemos al ver, reconocer, que nada que venga de Dios puede ser negativo y oscuro, y que por tanto el autocastigo y la autonegación jamás vienen de él.

Hay un engaño fundamental del mal espíritu sobre cuestiones del pasado: El mal espíritu crea una película en nuestra mente que nos induce a creer ciertas cosas, inflando su importancia, induciéndonos unos sentimientos muy exagerados para darles entidad. Pero, una vez descubierto el engaño, comprendemos que no hay realmente nada detrás, que es todo vacío, una burbuja de jabón. El mensaje consiste en aprender a desdramatizar, a quitar importancia a las cosas. En el fondo vuelve a ser la indiferencia ignaciana.

Cuarto cambio de paradigma: Comprensión de que el mal no procede de Dios, ni activa ni pasivamente.

Nuevo elemento clave: Reconocimiento de la bondad Dios.

Ante la existencia objetiva del mal en el mundo, resulta difícil entender en qué sentido Dios es padre.

Contemplación del sufrimiento y del mal sin respuesta. Sólo silencio.

Ante el sufrimiento, un silencio confiado, a la espera de alguna intuición, alguna luz.

Las cosas no son lo que parecen. La perspectiva cristiana es sólo una aproximación, quizás lejana, de lo que hay ahí detrás, de aquello que se oculta tras un velo de misterio.

Salir de lo convencional y entrar en terreno desconocido. Apertura al misterio, a lo no aparente.

Puesta en cuestión de los modelos tradicionales.

Hay algo inmenso, desconocido, que nos sobrepasa por completo. Pero las cosas suceden por algo, están dentro de un orden, tienen un sentido, aunque no alcancemos a percibirlo. Esto genera paz con Dios.

Tratar de entender el problema del mal recuerda la metáfora de las hormigas tratando de entender la autopista junto a su hormiguero (cf. Dios 2.0).

Dios es un sistema de complejidad infinita. Es como un cerebro con infinitas neuronas. Nosotros somos seres de complejidad finita. No comenzamos siquiera a vislumbrar lo más elemental. Por eso podemos confiar en que todo está ordenado, aunque de momento no entendamos nada.

Todas nuestras experiencias son finitas. Dios es infinito. Todo lo que sentimos y experimentamos es nada a su lado.

Pero quizás nuestras potencialidades y capacidades sean mucho mayores de lo que pensamos, si al fin y al cabo estamos hechos a semejanza de Dios, si somos uno con Dios, si Dios es el océano y nosotros somos la ola.

Confiamos en que todo tiene sentido, aunque sobrepase totalmente nuestra comprensión.

Anteriormente, la existencia del sufrimiento y del mal nos hacía tambalearnos y perder la fe. Hoy podemos verlo serenamente.

El sufrimiento debe tener un sentido. Llegamos  a la certeza de que existe un orden implícito. Probablemente ese sentido y ese orden tengan su fundamento último en las ideas hindúes del karma y de la reencarnación. Ésa es la visión que alcanzo en esta etapa final.

Síntesis de lo más importante de cada semana:

Primera Semana

  • El perdón, la reconciliación.
  • Cambio en el concepto de pecado: El pecado no es pensar en sexo, sino hacer daño al otro, o separarnos de Dios.
  • Reglas de Discernimiento de la Primera Semana.

Segunda Semana

  • El paso del Jesús histórico al Cristo Cósmico. La idea del Cristo Cósmico me ha permitido regresar al hinduismo desde otro punto de vista, con una nueva visión unificadora.
  • La superación del concepto antropomórfico de Dios.
  • La sanación, la curación.
  • Reglas de Discernimiento de la Segunda Semana.
  • Procedimiento para la toma de decisiones.

Tercera Semana

  • Ante el sufrimiento, un silencio confiado. La contemplación del sufrimiento me produce paz, no me produce desasosiego, como antes me ocurría.
  • Las cosas tienen un sentido, aunque yo no alcance a verlo: Dios es un sistema de complejidad infinita.
  • El sufrimiento tiene un sentido. Tengo la certeza de que hay un orden implícito. Probablemente ese sentido y ese orden tengan su fundamento en las ideas del karma y de la reencarnación.

Cuarta Semana

  • Desde Jesús a Cristo y desde Cristo a Dios.
  • Dios sin atributos, ni metáforas, ni imágenes, ni calificativos.
  • Tiempo de acción.
  • Tiempo de crear una relación personal con Dios.
  • Tiempo de alegría y gozo. Tiempo de ser muy positivo.

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